La detective miope

Portada de La detective miopePor Bartolomé Leal

Siguiendo a los clásicos de la semiótica, Umberto Eco establece, en un notable ensayo titulado “El signo de los tres”, las distintas formas que a su entender puede asumir la investigación sistemática de un crimen: la inducción (solución que se obtiene a través del razonamiento sobre una serie de casos caracterizados por su similitud); la deducción (donde la solución deriva de un trabajo con pocos datos, y es entonces la capacidad de lectura de signos dispersos lo que lleva a la solución del problema); y la abducción (que aporta la intuición genial, el rapto poético, el golpe de gracia, que llevan a resolver lo que los dos métodos anteriores no logran).


Pues ésta es la forma en que actúa la detective miope de Rosa Ribas, un personaje fascinante creado por esta autora española que para nuestra alegría estuvo presente en Santiago Negro 2. Una autora mujer, lo cual, como se mencionó en repetidas ocasiones durante el evento, no ha sido común en el género negro. Una autora emergente que además pulsa unas teclas que a mí me suenan particularmente interesantes: por ser residente en otro país (Alemania en su caso) trabaja en esa frontera azarosa que conforman la transculturación y el desarraigo. Pues en la novela en comento, Rosa Ribas se expresa con otros registros. Desde ya, la historia se ambienta en su Barcelona natal.

Así es. Esta detective miope no sólo está sufriendo un proceso de pérdida de dioptrías, lo que se va manifestando mientras se desarrolla la trama, sino que también está loca. Tal cual. Demente. Es una detective recién salida de un manicomio. Suena crudo, pero ella se ha trastornado por causas mayores: el asesinato de su marido, policía, y de su hija de diez años. Tales crímenes no han sido clarificados y ella decide en un momento hacer un esfuerzo supremo para superar su locura, simular que se ha vuelto cuerda (engañando a los psiquiatras), para investigar esas muertes que tanto la atañen, ya que el sistema formal, en este caso la policía de Barcelona, los ex-compañeros de su marido asesinado, parecen negarse a avanzar con la prisa que ella reclama.

La detective miope lo es de profesión y decide emplearse en una agencia detectivesca para conseguir un trabajo que le permita acercarse a la verdad, a los criminales que acabaron con su familia, su salud mental y su vista. Está convencida de que la distancia entre las persona es de apenas unos pocos grados (su interpretación de un texto leído en alguna parte), de modo que si penetra en el mundo del hampa barcelonesa cree que acabará por hallar un hilo conductor que le permitirá, aunque con dificultades, aproximarse a la verdad. Comienza así a investigar, confinada a los casos que le son encargados, derivando por los extraños vericuetos que su mente perturbada, aunque despierta, le indica. Se trata, como se postuló arriba, de una forma de abducción desquiciada, que se revela eficaz a la postre.

Todo esto aunque ni ella misma, ni la autora, ni el lector, ni los personajes del libro, están en condiciones de avalar tan improbable ruta, tal cantidad de trasgresiones de la lógica y de violaciones de la verosimilitud y la coherencia argumental, tan comunes en el género negro convencional. Pero nada de eso importa, la detective miope avanza con la locura a espaldas suyas y sus ojos cada vez menos confiables; analiza los hechos con pasión y frialdad a la vez, se arriesga físicamente, busca alianzas con sus sentidos perturbados siempre atentos, todo eso aunque a menudo las conexiones que hace entre los sucesos que le caen entre manos son sólo aceptables si se tiene en cuenta que la mujer está bastante chiflada. Tenazmente se mueve por su laberinto, hasta encontrarse de frente con la causa misma del horror. El lector llega junto con ella y con la autora, tan exhausto como ambas, y tan extrañado como los personajes principales y secundarios del drama, también envueltos en esta densa pesadilla oftálmica, neurológica y catártica.

Muchas otras cosas se pueden decir de esta novela incomparable. No puedo sino señalar la calidad de los personajes secundarios, los comparsas, esos seres que a menudo otorgan a una novela negra su conexión con la gente que circula por nuestros barrios, nuestras calles, nuestros recintos. Nos acompaña así una mezcla de mitómanos, soñadores y perdedores, llenos de encanto, sublimes a su manera, imprevisibles, que dan a la trama una riqueza de matices que atrapan a mansalva a cualquier lector, propenso o no a la identificación. Tantos fracasados quiméricos, que terminaron en el mejor de los casos siendo a medias lo que querían ser, de esos que por millones pueblan el planeta... y los camposantos.

La detective miope terminar por ver ella misma y por hacer ver la verdad al resto. Tal vez aquello sea mérito de la miopía, que permite distinguir detalles ocultos cuando las personas con este defecto se acercan lo suficiente al objetivo para captar dichos detalles, con una precisión vetada a los normales. Es una detective lupa. Tal vez sea también mérito de la locura, la misma locura de la poetisa, la santa, la profetisa o la madre dolorosa. Esa locura que no permite desvíos ni coartadas, que se encamina teleológicamente hacia un fin intransable. Por eso en esta novela no hay relleno, no hay frases gratuitas, no hay explicaciones innecesarias o redundantes.

En cualquier caso, más que en ningún autor contemporáneo (al menos que yo conozca), el concepto de abducción (según lo Rosa Ribas junto a Clemens Franken y Bartolomé Leal en Santiago Negro 2propone Eco) está tan brillantemente plasmado como en esta obra. Hay que remontarse quizás a los curas detectives, al padre Brown o al hermano Cadfael: se debe recordar que Humboldt en viaje por América se refirió alguna vez a la fe religiosa como una enfermedad mental; o a iluminados trasgresores de todas las leyes físicas como “La máquina de pensar” de Futrelle, o don Isidro Parodi (el investigador sedente de Borges y Bioy Casares), para encontrarse con detectives tan fuera de la horma.
“La detective miope” es una novela hipnótica, que no deja espacio para buscarle defectos, uno queda demasiado alucinado tras su lectura. La detective miope es, dentro de la novela, una mujer entrañable, con sus gafas, sus grageas, sus mañas y sus manías, con su humanidad enorme (de tamaño homo sapiens); nos deja la sensación de que todavía queda espacio para construir detectives que no se asemejen a los clichés. Pero para ello se requiere de una escritora tan potente, tan dueña de sus recursos, tan osada y tan consciente de la termodinámica de la vida (de la primera ley pero también de la segunda), como esta española-alemana llamada Rosa Ribas.

“La detective miope”. Barcelona: Editorial Viceversa, 2010

 
Microcuentos negros

El favor

Llegué a su departamento a mediodía. Estaba asustada. El cliente había muerto de un paro fulminante. Estaba sobre la cama, desnudo y frío. Como pude lo vestí y lo saqué arrastrando como si fuéramos dos borrachos. Lo subí al auto y lo senté. Ella me sonrió satisfecha.

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Quién es quién

eduardo, contreras, autores

Eduardo Contreras

Nació en Chillán en 1964. Desde ahí partió al exilio con su familia, luego del golpe militar en 1973. Regresó a Chile a fines de 1983. Es Ingeniero Civil Industrial de la Universidad de Chile, MBA por ESADE y Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid.

 

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